Neurodivergencias y Amor no normativo
Ojalá no tuviese que contar las veces que me han extirpado ese amor a la fuerza.
No recuerdo cuál fue la primera vez, no podría. Igual otras personas han tenido más suerte, igual tan solo caí en lugares inadecuados una cantidad improbable de veces. Igual no me supe defender. Sé que debería haber hecho algo más, resistido más. Me encantaría escribir que lo intenté, que luché con todas mis fuerzas y ladré a aquellos que me clavaban las uñas en las entrañas. Pero la verdad es, que en algún momento, me rendí.
Me convertí en una muñeca de trapo, una marioneta, el eco de una persona. De nuevo, no recuerdo cuándo empezó ni la cantidad de personas que trataron de reeducarme. ¿El amor? ¿A las estrellas? ¿A una historia? ¿A un objeto? No. El consenso de la sociedad ya había decidido a quién podía amar, siempre sujeto humano, siempre en calidad y dirección romántica, con la espera y esperanza de tener una relación, para después mantener relaciones sexuales, para después casarte… Había un guion y yo me lo había perdido. Así que les escuché, una vez más, porque total, los adultos y todos los que me rodeaban sabían cómo funcionaba el mundo, y yo no. Porque era… rara. Tenía delirios, ligeros toques de locura. Porque nadie baila y llora bajo las estrellas.
Así que intenté imitarlos. Llevar conmigo ese amor en una cajita, encerrado, asustada de desatar la locura y perder la cabeza en cuanto la abriera. Pues las locas no tienen derechos, a las locas se las encierra solas. Así pues, nadie debía saberlo, nadie podía ver. Y, poco a poco, esa dulce melodía que habitaba en mí y me tomaba con pasión de la mano, se fue desvaneciendo.
No obstante… volvía a renacer, una y otra vez, y yo me sentía a la vez aliviada y maldita. Porque nadie podía arreglarme. Porque nadie lograba volverme normal.
Intenté hacer lo que me decían, lo que se esperaba de mí, y dirigí ese amor a otras personas. Hombres, al principio, antes de saber que la norma de a quién puedes amar también estaba manipulada. Ah, qué liberación cuando vi que no había restricciones en cuanto a orientación, género, identidad, amor... todo lo que ya sabía, precocinado y servido, todo forzado.
Y eso intenté, amarles como amaba al cielo y al universo y a la magia.
Ahí encontré los nuevos problemas. Intensidades desajustadas. Expectativas erróneas. Que me basaba en ideales, en cuentos de hadas. En ese entonces me molestaba. ¿Por qué, si amas a alguien, no querrías hacerlo con toda la intensidad de tu alma?
Luego comprendí que tenían razón. Estaba intentando meter toda la devoción y fe de mi alma en experiencias humanas. Qué error. Qué vergüenza.
Así fue como, poco a poco, por cada par de manos que pasaba me iban seccionando. Me consumía, amoldada hasta perder la forma. Pues tenían razón: mi amor era un problema. Era extraño, defectuoso. Y yo, que no entendía bien a la gente, a sus normas, normas que parecían escritas en piedra aunque yo no las entendiera. «Si lo hemos decidido todo nosotros» decía, una y otra vez, «también podríamos cambiarlo, ¿no? ¿Por qué nadie lo cambia?». Sentía que corría en dirección contraria, encerrada en el laberinto sin ser capaz de ver el hilo rojo. «No cabes, por aquí no es. Así no, así no, así no». Una y otra vez.
Así que me convencí de que todo lo hacía mal y de que sentir demasiado era un problema, que todas las dificultades que enfrentaba eran por mi culpa. Que estaba, de nuevo, maldita.
No recuerdo las veces que lloré y me odié por ello. Y lo peor llegó con la terapia.
De nuevo, no diré que no tuviesen razón, aún parte de mí siente culpa por existir de esta forma, por no haber sabido hacerlo mejor. Es verdad que me cuesta regularme y puedo enfadarme con fuerza o llorar a mares. Pero también siento con profundidad las caricias de la hierba en los pies o el piar de las golondrinas en las mejillas. Una vez empecé terapia… intentaron llevarse eso también.
No voy a hablar ahora de lo traumático que fue, necesito encontrar bien las palabras, mentalizarme. Pero, de seis especialistas con las que he estado, solo una no ha intentado arreglarme. La única que veía los rasgos del autismo como lo que eran: parte de mí, en vez del problema. Ella nombró mi realidad con la suavidad necesaria para sostenerla, sin tratar de despiezarme para construirme después de manera más normalizada, más correcta. Aquí mucha gente creerá, erróneamente, que igual lo que buscamos es una terapeuta que justifique nuestra forma de ser y todas nuestras acciones… pero nada que ver. Hablo, verdaderamente, de encontrar por primera vez un espacio seguro, un espacio en el que el problema sí puede que sea cómo yo respondo, pero nunca quién soy, nunca mis diferencias. Os juro que no puedo ni elaborar la lista de horrores que he visto o escuchado en relación a mi neurodivergencia, a mis sentidos y mi relación con el mundo. La de veces que me lo han querido extirpar y dejarme a medias por el camino, rota y vacía.
No lo equipararé con las terapias de conversión, creo que esto merece su tiempo de reflexión y conversación a parte. Es verdad que mis terapeutas ni siquiera sabían reconocer mi neurodivergencia, víctimas del sistema y sus propias limitaciones. Creían hacer lo mejor para mí. Y, aún así... creo que vale la pena hablar de lo traumático que es el proceso cuando nadie sabe verte y tratan de quitar, pieza a pieza, partes de ti. De reconstruirte y reeducarte, de tomar tu vida entre las manos y darle una forma nueva, acorde a cómo debe funcionar el mundo. Yo aprendí tanto, iba tan bien... Y, aun así, ¿por qué no era suficiente? ¿Por qué sufría? Es...simplemente terrorífico recordarlo, pero aquí no vengo a hablar de eso.
Vengo a hablar del amor.
De algo que florece y florece de nuevo, algo que no pudieron llegar a matar. Entre las cenizas, brota bajo una noche estrellada y me llama con su canción. Y yo lo escucho, lo escucho de nuevo y corro a su encuentro, pies descalzos y el corazón desbocado. El amor. El amor. El amor. El amor. El amor.
Está ahí. No ha muerto.
Atesoro con cuidado sus hojas, aún débil y marchito; pero dioses, con qué fuerza se aferra a la vida. Tal vez porque era inevitable, porque no puedo no ser yo, porque no puedo matar tanto de mí sin perder mi propia vida. Tal vez fue la cabezonería. Tal vez… sí luchó, mientras yo no estaba mirando. Resurgía para acompañarme en las visitas al mar, al sol, a las estrellas. Me cantaba por las noches al dormir y me nutría al oler las flores. Aunque yo lo tuviese encerrado, aunque hubiese intentado matarlo.
Y, un día, lo encontré de nuevo: en un personaje, en una historia. Me tendió la mano y me mostró todos los colores que había olvidado. Él era... todo. Todo lo que aprendí a amar con siete años en el balcón, cuando el cielo era infinito y las estrellas nuestro hogar. La encapsulación de la canción del universo, del amor de los mil colores... Ese personaje tomó la mano de mi paladina y me la devolvió. A esa parte de mí que pensé que habían matado. A esa parte que tanto había luchado. Que se aferró con uñas y dientes a la vida.
Dicen que la esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma, pero leí una vez también que la esperanza tiene barro en la cara y sangre en los nudillos, que se levanta del suelo para intentarlo una y otra vez. Hoy sé que son ambas cosas. La capacidad para amar con suavidad y la ferocidad para poder defenderlo.
Y, al final, llega un día en el que el escenario cambia. Las personas van y vienen, fluctúan; tu alrededor, se mueve; la realidad que conoces se moldea y renace de nuevo... y entonces, ya no tienes que luchar más. O, al menos, no tanto. Y, entonces, eres un poquito más libre.
Recuerdo aún cómo lloré cuando me explicaron que no tenía por qué volcar ese amor en una relación romántica. Sentí que ese alivio me vaciaba por dentro, que el peso que se había desgranado. No me había dado cuenta hasta entonces de lo resignada y descorazonada que estaba ante aquella realidad: la de que un día acabaría inevitablemente en una relación, la de que era un modelo de vida inescapable. Que yo misma me volvería a resignar, cansada, y mi amor por el por el sol, el mar y las estrellas tendría que aceptar su segundo plano. Que aquel era el amor que me era permitido dar y recibir y todo lo demás me sería arrebatado.
Cuánto lloré de alivio. Qué reconciliada me sentí con mi amor y con el mundo.
Nunca he querido llamarme mística ni santa, pues no considero que haya dios superior alguno o jerarquía a la que someter nuestras almas. Sin embargo… sí considero vivo al universo y a los espíritus del mar y la tierra, así como a todo con lo que apreciamos y amamos. Mi amor me lleva a sentirlo así, vivo. Y es verdad que en estas místicas encontré familiaridad y consuelo. Pero no es oro todo lo que reluce y compartirlo no siempre resultó agradable. Viví así, de nuevo, experiencias terroríficas de las que no hablaré ahora. Ciertas relaciones románticas y terapias a la que me sometí durante años… los entornos que debían haber sido más seguros, convertidos en lugar de rechazo, juicio y escrutinio: la caza de brujas de las disidentes. Por ello, viví con miedo. Por ello, renegué del amor que toda la vida me había acompañado.
«Si tan solo lo hubieses sabido antes», me dicen ahora. Tanto arrepentimiento. Tanto duelo.
Pero entonces llegó el diagnósticos… y destruí la caja en la que lo había encerrado. Harta de someterme, harta de las normas. Harta de haber rechazado al amor de mi vida por todo lo que me prometieron, y juraron, que era mejor, más justo, más humano.
Hice añicos la cerámica y bailé sobre los pedazos, y el amor se desparramó con mil colores que bañaron al cielo en su luz. Me sentí cegada, aliviada y exaltada, me eché a reír y a llorar. Cuánto lo había echado de menos, cuánto lo había amado. Había llegado a olvidar el sabor de la felicidad más sencilla y lo natural que me era, como respirar, aquel pedazo de cielo encontrado.
Y bailé con Pandora, Circe y Juana. Una oda a las indomables, peligrosas y locas, a todas las disidentes de la historia. Una oda a nuestro amor… al amor que mueve el mundo.