Soft of Ftia

Neurodivergencias y Amor no normativo

Cuando escuché «Everything is romantic» volví a tener siete años. Estaba fuera en el balcón, una noche de verano. No veía nada más que estrellas sobre mi cabeza y sabía que el universo se expandía, infinito, sobre todos nosotros. Recuerdo que sentí muchísima nostalgia. Que me sentí en casa. Aquello fue para mí la primera prueba irrefutable de que el amor existía, un amor inmenso que nos habita y recorre desde la piel hasta la punta de los dedos y que somos capaces de sentir por cada brizna de vida que se presenta ante nosotros.

Ojalá no tuviese que contar las veces que me han extirpado ese amor a la fuerza.

No recuerdo cuál fue la primera vez, no podría. Igual otras personas han tenido más suerte, igual solo caí en lugares inadecuados una cantidad descomunal de veces. Igual no me supe defender. Sé que debería haber hecho algo más, resistido más. Me encantaría escribir que lo intenté, que luché con todas mis fuerzas y ladré a aquellos que me clavaban las uñas en las entrañas. Pero no vengo aquí para mentir, sino con la esperanza de que haya personas ahí fuera que dejen de sentirse solas.

La verdad es que me convertí en una muñeca de trapo, una marioneta, el eco de una persona. De nuevo, no recuerdo cuándo empezó, ni la cantidad de personas que trataron de reeducarme. ¿El amor? ¿A las estrellas? ¿A una historia? ¿A un objeto? No. El consenso de la sociedad ya había decidido a quién puedes amar, siempre sujeto humano, siempre en calidad y dirección romántica, con la espera y esperanza de tener una relación, para después mantener relaciones sexuales, para después casarte… Había un guion y yo me lo había perdido. Así que les escuché, una vez más, porque total, los adultos y todos los que me rodeaban sabían cómo funcionaba el mundo: y yo no. Porque era… rara. Tenía delirios, ligeros toques de locura. Porque nadie baila y llora bajo las estrellas.

Así que intenté imitarlos. Llevar conmigo ese amor en una cajita, encerrado, asustada de desatar la locura y perder la cabeza en cuanto la abriera. Pues las locas no tienen derechos, a las locas se las encierra solas. Así pues, nadie debía saberlo, nadie podía ver. Y, poco a poco, esa dulce melodía que habitaba en mí y me tomaba con pasión de la mano se iba desvaneciendo.

No obstante… volvía a renacer, una y otra vez, y yo me sentía a la vez maldita y aliviada. Porque no podían arreglarme. Porque nadie lograba volverme normal.

Intenté hacer lo que me decían, lo que se esperaba de mí, y dirigí ese amor a otras personas. Hombres, al principio, antes de saber que la norma de a quién puedes amar también estaba manipulada. Ah, qué liberación cuando vi que en cualquier persona se podían esconder las mismas maravillas que me hacían amar las estrellas.

Y eso intenté, amarles como amaba al cielo y al universo y a la magia.

Ahí encontré los nuevos problemas. Intensidades desajustadas. Expectativas erróneas. Que me basaba en ideales, en cuentos de hadas. En ese entonces me molestaba. ¿Por qué, si amas a alguien, no querrías hacerlo con toda la intensidad de tu alma?

Luego comprendí que tenían razón. Estaba intentando meter toda mi devoción y fe a la propia existencia en experiencias humanas. Qué error. Qué vergüenza.

Así fue como, poco a poco, por cada par de manos que pasaba me iban seccionando partes de mí misma. Me consumía. Amoldada hasta perder la forma. Pues tenían razón: yo tenía un problema. Estaba rota, defectuosa. Era rara y no entendía a la gente, las normas sociales que lo rigen todo, normas que parecían escritas en piedra aunque yo no lo entendiera. «Si lo hemos escrito nosotros» decía, una y otra vez, «también podemos cambiarlo. ¿Por qué nadie lo cambia?». Sentía que corría en dirección contraria, encerrada con el minotauro sin ser capaz de encontrar la salida. «No cabes, por aquí no es. Así no, así no, así no». Una y otra vez.

Pero de nuevo, tenían razón. Me volví dependiente, expectante, impaciente. Así que me convencí de que lo hacía todo mal y de que sentir demasiado era un problema, que era todo mi culpa, que estaba, de nuevo, maldita. No recuerdo las veces que lloré o me odié por ello. Y lo peor llegó con la terapia.

De nuevo, no diré que no tuviesen razón, aún parte de mí siente que soy… extraña, que no sé tratar bien con las personas. Es verdad que me cuesta regularme y puedo enfadarme con fuerza o llorar a mares. Pero también sentía con profundidad las caricias de la hierba en los pies o el piar de las golondrinas en mis mejillas. Una vez empecé terapia… intentaron llevarse eso también.

No voy a hablar ahora de lo traumático que fue, necesito encontrar bien las palabras, mentalizarme. Pero, de seis especialistas con las que he estado, solo una no ha intentado arreglarme. La única que veía los rasgos del autismo como lo que eran: parte de mí. Ella nombró mi realidad de modo que al fin pudiera entenderla, sin tratar de despiezarme para volver a construirme después de manera más normalizada, más correcta. Aquí mucha gente creerá, erróneamente, que igual lo que buscamos es una terapeuta que justifique nuestra forma de ser y todas nuestras acciones… pero nada que ver. Hablo, verdaderamente, de encontrar por primera vez un espacio seguro, un espacio en el que el problema sí puede que sea cómo yo respondo, pero nunca quién soy, nunca mis diferencias. Os juro que no puedo ni elaborar la lista de horrores que he visto o escuchado en relación a mi neurodivergencia, a mis sentidos y mi relación con el mundo. La de veces que me lo han querido extirpar y dejarme a medias por el camino, rota y vacía. No lo equipararé con las terapias de conversión, pues ahí hay intención y alevosía. Mis terapeutas ni siquiera sabían reconocer mi neurodivergencia, víctimas del sistema y sus propias limitaciones. Pero, aún así y con todo, y guardando las distancias por respeto… creo que vale la pena llamar la atención en la actualidad sobre la mutilación y conversión silenciosa que el mundo intenta imponer sobre las neurodivergencias, especialmente sobre el autismo, antaño catalogado según tu nivel de funcionalidad para la sociedad… Es simplemente terrorífico, pero aquí no vengo a regodearme en eso.

Vengo a hablar del amor.

De algo que florece y florece de nuevo, algo que no pudieron llegar a matar. Entre las cenizas, brota bajo una noche estrellada y me llama con su canción. Y yo lo escucho, lo escucho de nuevo y corro a su encuentro, pies descalzos y el corazón desbocado. El amor. El amor. El amor. El amor. El amor.

Está ahí. No ha muerto.

Atesoro con cuidado sus hojas, aún débil y marchito; pero dioses, con qué fuerza se aferra a la vida. Tal vez porque era inevitable, porque no puedo no ser yo, porque no puedo matar tanto de mí. Tal vez fue la cabezonería. Tal vez… sí luchó, mientras yo no estaba mirando. Resurgía para acompañarme en las visitas al mar, al sol, a las estrellas. Me cantaba por las noches al dormir y me nutría al oler las flores. Aunque yo lo tuviese encerrado, aunque hubiese intentado matarlo.

Y, un día, lo encontré de nuevo: en un personaje, en una historia. Me tendió la mano y me mostró todos los colores que había olvidado, la canción de las estrellas, el dulzor de un árbol. Estaba todo… en él. La encapsulación de la canción del universo, del amor de los mil colores pintados a través de un personaje que sostenía de vuelta la mano de mi paladina y me la devolvió… a mí. Esa parte que tanto había luchado, que se había aferrado con uñas y dientes a la vida…

Dicen que la esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma, pero leí una vez que la esperanza es también salir del barro aunque te arrastres con uñas y dientes. La más pura resiliencia, la ferocidad de negarte a dejarla morir. Hoy creo que son ambas cosas. Las delicadas plumas con las que Raeth me envuelve y la fiereza con la que Cel resiste y lucha. La esperanza es sentir al sol y saber que amarás de nuevo, es chocar con las olas del mar y luchar por lo que te es preciado.

Y, al final, llega un día en que todo cambia y tu alrededor muta y se transforma y entonces, aunque sea un poco, eres más libre…

Recuerdo aún cómo lloré cuando me explicaron que no tenía por qué volcar ese amor en una relación romántica. El alivio que sentí que me vaciaba por dentro, el peso que se había desgranado. No me había dado cuenta de lo resignada y descorazonada que estaba ante aquella realidad: la de que un día acabaría inevitablemente en una relación, la de que era un modelo de vida inescapable, inevitable. Que yo misma me volvería a resignar, cansada, y mi amor por el universo, por el sol, el mar y las estrellas, tendría que aceptar su segundo plano. Que aquel era el amor que me era permitido dar y recibir, y todo lo demás me sería arrebatado. Mis suspiros ante la marea o el tenue sonrojo porque el sol me acaricie con sus rayos.

Cuánto lloré de alivio. Qué reconciliada me sentí con mi amor y con el mundo.

Nunca he querido llamarme santa ni devota, pues no considero dios superior alguno o jerarquía a la que someter nuestras almas. Sin embargo… sí considero Ente al universo y a los espíritus de la tierra y a las voces de todo lo que está vivo. De todo con lo que nos relacionamos, y amamos. Mi amor me lleva a sentirlo así. Pero no es oro todo lo que reluce y compartirlo no siempre resultó agradable. Viví así, de nuevo, experiencias terroríficas de las que no hablaré ahora. Ciertas relaciones románticas y la terapia a la que me sometí durante años… los entornos que debían haber sido más seguros, convertidos en lugar de rechazo, juicio, escrutinio: la caza de brujas de las disidentes. Por ello, viví con miedo. A estar loca. A acabar aislada. Encerrada. Arreglada. Rota. Así, encerré mi amor de nuevo y lancé la llave al océano.

«Si tan solo lo hubieses sabido antes». Tanto arrepentimiento. Tanto duelo.

Pero entonces llegó el diagnósticos… y destruí la caja en la que lo había encerrado.

El amor se desparramó con mil colores que bañaron al cielo en su luz. Cegada, aliviada y exaltada, me eché a reír y a llorar. Porque lo echaba de menos, porque lo había olvidado. Lo feliz que me hacía, lo natural que me era, como respirar, aquel pedazo de cielo encontrado.

Y bailé con Pandora, Circe y Juana. Una oda a las indomables, peligrosas y locas, a todas las disidentes de la historia. Una oda a nuestro amor… al amor que mueve el mundo.